lunes, 11 de febrero de 2013




Hay una flecha cacera para el ave negra.

Soñé
con una casa rota.

Donde había una escalera ya no está
y hay gente
viviendo tranquila
arriba.



Yo, puedo hablar,
de lagartos que se comen a sí mismos
y de mujeres con pelos de colores
la tinta corrida en el cuello
y un aparato que muere justo antes
de decir lo que esperamos.
Ahora,
el colibrí se queda quieto en esa rama,
mirando pasar la selva
y los dos pensamos
en las lianas,
en las aves negras,
y en las armas caceras.

Claro que siempre está la posibilidad de arruinarlo todo
y matar al pájaro y al pez
y no comerlos
y mirar con ocioso recelo la punta crispada por el hilo.

A los animales les gusta mi sangre
A mí
la suya.

Se aproxima con la noche el naufragar constante de las olas
y varias versiones de la selva.

Hay que caminar por la orilla hasta donde nadie mire y matar al ave negra con la flecha casera. Volver con el cuerpo en una bolsa o sujetando su peso muerto por las patas.

Más tarde
una máscara
hecha de plumas,
un fuego
y un ave
rosada y caliente.

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